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Drones: esos abejorros artificiales

El 15 de mayo de 1793, con un artilugio de hierro y plumas de ave, Diego Marín Aguilera consiguió volar unos 360 metros por tierras burgalesas. Al día siguiente, sus vecinos incendiaron el aparato considerándolo cosa diabólica. Hoy diríamos que no logró generar confianza social.

Enric Bartlett, profesor de Derecho Público, ESADE Business & Law School (Universidad Ramón Llull).

Es por esta razón por lo que el Museo Nacional del Aire y del Espacio, en Washington, que conserva la mayor colección del mundo de aeronaves, comienza su exposición con  una reproducción del ingenio que los hermanos Wright hicieron volar, unos pocos metros, 110 años más tarde. Desde este hito, se pasa revista a los progresos que, carrera espacial incluida, han jalonado el desarrollo espectacular de la aviación durante el siglo XX. Concluye, a fecha de hoy, con aviones no tripulados, popularmente conocidos por drones.

Estos aparatos, hoy, abundan más en los medios de comunicación que en nuestros cielos. No hay día que transcurra sin noticias sobre sus enormes potencialidades de negocio, en sectores que van desde la agricultura al salvamento marítimo, pasando por el control de averías en líneas de transporte de electricidad. El pasado 19 de abril, ESADE acogió la Drone Industry Summit impulsada por KREAB con el patrocinio de INDRA.

Una idea, a partir de aquel evento, todavía resuena en mí: la consolidación de un sector de aviación no tripulada depende de la confianza social que genere, la que no consiguió Diego Marín. La tranquilidad, en suma, de que estos abejorros artificiales no son un riesgo para las personas.

Los drones pueden generar actividad y puestos de trabajo, pero para que su vuelo no termine como el de Ícaro al derretirse la cera de sus alas es precisa una regulación consistente en toda la Unión

En este sentido, el peligro derivado de la eventual colisión de un dron con el motor de una aeronave de las que utilizamos habitualmente, no precisa mayores explicaciones. También es fácil de entender que, con los adecuados complementos, un aparato así puede interceptar las comunicaciones de telefonía móvil; efectuar el seguimiento de una persona o filmar unas instalaciones, de forma totalmente desapercibida.

Por lo tanto, es la prevención de riesgos la que justifica aplicar, de un lado, la normativa de protección de datos (a tener en cuenta las previsiones del nuevo Reglamento general de protección de datos, aprobado por el Parlamento europeo el 14 de abril) y, de otro, una regulación que, hoy por hoy, es muy cauta en España y está constituida por el artículo 50 de la Ley 18/2014, de 15 de octubre, de aprobación de medidas urgentes para el crecimiento, la competitividad y la eficiencia.

Junto a lógicos requisitos de identificación del aparato, se limita su operatoria a lugares no habitados, espacio aéreo no controlado -aeropuertos y aerovías- y 120 metros de altura como máximo. Siempre dentro del alcance visual de un piloto con habilitación oficial y una distancia al mismo de, como máximo, 500 metros, a no ser que se trate de aeronaves de menos de 2 kg.

Las que tengan un peso entre 25kg y 150kg precisan una autorización de operatividad por parte de la Agencia Estatal de Seguridad Aérea. Es evidente pues que, a fecha de hoy, no debemos temer una proliferación  de RPA’s, Remotely Piloted Aircraft o UAVs, Unmanned Aerial Vehicle sobrevolando nuestras cabezas.

Esta legislación transitoria ha permitido iniciar actividades; pero se requerirá un punto de mayor audacia para consolidar el sector. En parte, dependerá de la financiación,  muy escasa hasta ahora, de los bancos. Pero también del desarrollo de sistemas de control aéreo a baja cota y previsión de espacios aéreos segregados, ambos responsabilidad pública, y la incorporación de mecanismos automáticos de “detect and avoid” que minimicen el riesgo de colisiones.

Con todo, no será el volar, requisito imprescindible, sino la obtención de datos y su tratamiento, a menudo algorítmico, lo determinante del éxito de cualquier empresa. Como dijo un participante, al agricultor no le interesan fotos de su finca, sino saber cómo abonar o dónde combatir una plaga. Obviamente, la especialización preservará, para quien la tenga, nichos de mercado.

Los drones pueden tomar altura, generar actividad y puestos de trabajo; pero para que su vuelo no acabe como el de Ícaro al derretirse la cera de sus alas por la acción solar, es precisa una regulación consistente, lo más armonizada posible en toda la Unión. Que establezca requerimientos proporcionados a los riesgos que cada operatoria concreta conlleve, de manera que, preservando los intereses generales, dé respuesta a las necesidades de los mercados y no fije límites que la tecnología ya haya superado.

 

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Ramiro Mesa

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