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Un año después de que Donald Trump iniciara su famosa guerra arancelaria contra el mundo, la atención se fija en lo que está ocurriendo en Irán y no tanto en la dimensión comercial. No obstante, esta otra disputa sigue en la agenda del presidente de Estados Unidos y sobre ella pesa un balance ofrecido por Coface que afecta tanto empresas locales como extranjeras.

En un principio, la guerra arancelaria lanzada por Trump en 2025 perseguía varios objetivos: reducir el déficit comercial estadounidense, reforzar la industria nacional y disminuir la dependencia de las importaciones, especialmente de China. Sin embargo, tras un año de restricciones, señala Coface, el balance preliminar refleja un panorama marcado por el aumento de costes empresariales, la incertidumbre regulatoria y una profunda reconfiguración del comercio global.

La guerra arancelaria y las empresas estadounidenses

Uno de los datos más llamativos del informe es que, pese al endurecimiento de los aranceles, los exportadores extranjeros apenas han reducido sus márgenes. Es decir, la esperada caída de precios por parte de fabricantes internacionales para conservar cuota de mercado en Estados Unidos no se ha producido de forma generalizada. En consecuencia, gran parte del sobrecoste derivado de los aranceles está siendo absorbido directamente por las empresas estadounidenses que dependen de insumos importados.

El impacto por sectores y actividades

La presión resulta especialmente visible en sectores manufactureros estratégicos. Según el análisis de Coface, la inflación de los costes de producción alcanzó el 20 % en la industria metalúrgica estadounidense a finales de 2025. El impacto también fue considerable en sectores como electrodomésticos, automoción, maquinaria industrial, electrónica y textil, donde los incrementos de costes oscilan entre el 5 % y el 9 %. En muchos casos, estos aumentos ya están erosionando los márgenes empresariales y deteriorando la rentabilidad de compañías altamente expuestas al comercio internacional.

¿Y los consumidores?

Paradójicamente, esta presión no se ha trasladado todavía de forma masiva a los consumidores. La inflación anual media en Estados Unidos cerró 2025 en el 2,8 %, por debajo del 3,5 % o 4 % que muchos analistas habían pronosticado tras la implantación de aranceles medios cercanos al 15 %. Aunque el nivel inflacionario continúa siendo superior al que probablemente se habría registrado sin guerra comercial, la subida ha resultado menos intensa de lo esperado.

Detrás de este comportamiento hay varios factores. Muchas empresas estadounidenses han optado por reducir márgenes, utilizar reservas de efectivo o mejorar productividad para evitar trasladar plenamente los costes a los precios finales. A ello se suma un contexto social especialmente sensible tras el fuerte encarecimiento del coste de vida registrado después de la pandemia. El consumidor estadounidense muestra ahora una menor tolerancia a nuevas subidas de precios, lo que está generando una creciente preocupación política en torno a la denominada “crisis de asequibilidad”.

Una situación límite para muchas empresas

Sin embargo, los economistas advierten de que esta situación difícilmente podrá sostenerse indefinidamente. La capacidad empresarial para absorber costes tiene límites, especialmente en un contexto de desaceleración económica y aumento de insolvencias. De hecho, las solicitudes de quiebra empresarial en Estados Unidos se sitúan ya un 15 % por encima de la media registrada en 2019 y acumulan tres trimestres consecutivos en niveles elevados, algo que no ocurría desde la pandemia de la COVID-19.

Aunque la economía estadounidense mantiene un crecimiento positivo del PIB, el informe subraya que este dato agregado oculta un deterioro creciente en determinados sectores productivos. Muchas compañías siguen resistiendo, pero cada vez más empresas comienzan a mostrar signos de vulnerabilidad financiera.

La guerra comercial también está alterando profundamente el funcionamiento del comercio internacional. El temor a nuevas restricciones provocó un comportamiento extraordinario de las importaciones estadounidenses durante 2025. En el primer trimestre, las compras al exterior se dispararon un 25 % en volumen respecto al mismo periodo del año anterior, ya que numerosas empresas adelantaron importaciones antes de la entrada en vigor de nuevos aranceles.

Posteriormente, la tregua comercial de 90 días anunciada en abril desencadenó una segunda oleada de compras masivas. Este comportamiento errático generó fuertes tensiones logísticas y contribuyó a disparar los costes del transporte marítimo. Las tarifas de flete de contenedores aumentaron un 70 % en apenas cuatro semanas, mientras que la ruta entre Shanghái y Los Ángeles registró incrementos cercanos al 120 %.

Una transformación del comercio mundial: quién está ganando con la guerra arancelaria de EE.UU.

En paralelo, la guerra arancelaria está acelerando una transformación estructural del comercio global: el auge de los llamados “países puente”. Se trata de economías que actúan como intermediarias entre China y Estados Unidos, beneficiándose de aranceles más favorables y convirtiéndose en nuevos centros de ensamblaje y redistribución comercial.

Entre todos ellos, Vietnam emerge como el gran ganador de esta reconfiguración. Su participación en las importaciones estadounidenses prácticamente se ha duplicado desde 2017 y solo en 2025 las compras estadounidenses procedentes del país asiático crecieron un 42 % en valor. Al mismo tiempo, las exportaciones chinas hacia Vietnam aumentaron de forma muy similar, lo que refuerza la idea de que parte del comercio chino está redirigiéndose indirectamente hacia Estados Unidos a través de terceros países.

Tailandia también está reforzando su papel como plataforma intermediaria, mientras que el caso de México resulta más ambiguo. Aunque las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos crecieron con fuerza, el aumento de las ventas chinas al país latinoamericano fue mucho menor, lo que relativiza su función como simple canal de reexportación.

A toda esta complejidad económica se suma ahora una creciente incertidumbre jurídica. La reciente decisión de la Corte Suprema estadounidense de invalidar parte de los aranceles impuestos bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional ha abierto un nuevo frente político y legal. Cerca de 166.000 millones de dólares recaudados podrían ser reembolsados a las empresas estadounidenses que pagaron esos gravámenes.

Lejos de suavizar su estrategia, la Casa Blanca ya trabaja en nuevas fórmulas legales para mantener la presión arancelaria mediante otros mecanismos regulatorios. Según Coface, este escenario refuerza tres riesgos principales: la continuidad de una política comercial agresiva, una incertidumbre creciente para empresas e inversores y la posibilidad de que, tarde o temprano, los consumidores comiencen a soportar una parte mucho mayor del coste.