“Lo que perdimos no era una cifra, eran vagones llenos de esperanza”
En un tiempo dominado por estadísticas, balances y gráficos, hay frases que detienen el mundo. No porque sean grandilocuentes, sino porque nos devuelven a lo esencial. La pronunciada por Liliana Sáenz de la Torre durante el funeral por las víctimas del accidente de Adamuz es una de ellas. No solo por el dolor que contiene, sino por la autoridad moral desde la que se pronuncia.
Lo he escuchado varias veces y me sigue impresionando. No era un discurso político. Tampoco un alegato jurídico. Fue algo más difícil y, por eso mismo, más valioso.
Vivimos en una sociedad que ha aprendido a gestionar tragedias con cifras. A convertir lo irreparable en dato. A protegerse emocionalmente simplificando lo complejo. Frente a esa inercia, Liliana hizo lo contrario: humanizó sin banalizar, recordó sin idealizar, exigió sin gritar. Nombró a “los 45 del tren” no como una cifra, sino como padres, madres, hijos, hermanos. Como proyectos de vida truncados. Como vínculos irremplazables.
Ese gesto —aparentemente sencillo— encierra una enseñanza profunda para quienes toman decisiones en organizaciones, instituciones y empresas. Porque liderar no es solo decidir. Es asumir el impacto humano de cada decisión.
Uno de los momentos más relevantes de su intervención no fue el homenaje, sino la crítica serena. Cuando señaló la lentitud de la información y afirmó que “es mejor saber que imaginar”, estaba poniendo sobre la mesa una verdad incómoda: el silencio, cuando no es prudencia, se convierte en daño. Y el retraso informativo, en contextos de crisis, no protege; erosiona.
Aquí el mensaje trasciende el funeral y alcanza de lleno al mundo directivo. Las organizaciones —públicas y privadas— suelen creer que el control de los tiempos es una forma de control del riesgo. Pero la experiencia demuestra lo contrario: la falta de verdad no reduce la incertidumbre, la multiplica. Y la incertidumbre es el mayor enemigo de la confianza.
Liliana no reclamó venganza. Reclamó verdad. No desde la rabia, sino desde la convicción de que solo la verdad —aunque no repare— permite convivir con la pérdida. Esa distinción es esencial. Porque hay una diferencia radical entre comunicar para defenderse y comunicar para hacerse responsable.
En el ámbito empresarial hablamos a menudo de reputación, de propósito, de valores. Pero esas palabras solo adquieren sentido real cuando se ponen a prueba en situaciones límite. Cuando fallan los sistemas. Cuando hay víctimas. Cuando el error ya no es una hipótesis, sino una realidad. Es entonces cuando se revela el verdadero liderazgo.
El discurso de Liliana también interpela a una sociedad —ella misma lo dice— “polarizada”, fragmentada, acostumbrada a convertir el dolor en trinchera. Frente a esa tentación, eligió un camino mucho más exigente: la serenidad. No como resignación, sino como fortaleza. No como silencio, sino como palabra medida. No como olvido, sino como memoria activa.
Ese es un modelo de liderazgo que hoy escasea.
Para los CEO, para los consejos de administración, para los responsables públicos, el mensaje es claro, aunque no se formule como tal: no hay estrategia que sustituya a la verdad, ni relato que sobreviva a su ausencia. La transparencia no es un gesto estético. Es una obligación ética. Y, a largo plazo, una decisión estratégica.
Porque las organizaciones no son solo estructuras. Son comunidades humanas. Y cuando una comunidad siente que se le oculta, se le abandona o se le trata como una cifra, la ruptura es profunda y duradera.
Al final de su intervención, Liliana habló de paz. De fe. De memoria. Pero también de valentía. De la decisión de no dejar que el odio nazca de la rabia. Esa elección —personal y colectiva— es quizás la lección más poderosa de todas.
En tiempos de ruido, el verdadero liderazgo no alza la voz. Da la cara. Dice la verdad.
Y entiende que, aunque no siempre pueda reparar el daño, siempre puede dignificar a quienes lo han sufrido.
Ese día, en Huelva, no habló una directiva, ni una política, ni una portavoz institucional. Habló alguien que había perdido casi todo. Y, precisamente por eso, nos recordó algo que quienes lideran nunca deberían olvidar: que la verdad, cuando se dice con humanidad, también es una forma de cuidado.









