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Por muchos motivos ajenos y propios a una empresa, el bienestar psicológico de sus trabajadores está empezando a ocupar un papel muy relevante en las estrategias de prevención. De hecho, parte del absentismo laboral está motivado por bajas relacionadas con la salud mental.

Concretamente, los trastornos mentales y del comportamiento se han consolidado como la segunda causa de incapacidad temporal en España, según el INE, mientras que su impacto económico se estima en más de 60.000 millones de euros anuales, equivalente al 4,2% del PIB, de acuerdo con los datos de la OCDE.

Estos datos son la base de un estudio epidemiológico liderado por la Unidad Epidemiológica de Quirónprevención y realizado entre 2022 y 2025. En el se ha elaborado una radiografía sobre el bienestar psicoemocional de la población laboral española, tras recabar la opinión de más de 118.000 profesionales.

Datos sobre el malestar en el trabajo

De estas respuestas, se ha concluido que el malestar en el trabajo no depende únicamente de las condiciones de cada puesto de trabajo. En cuanto a los datos, el estudio refleja que la posibilidad de afectación psicoemocional entre la población laboral analizada ha pasado del 14,94% en 2024 al 19,96% en 2025. La mayoría de los casos correspondió a una intensidad leve, un 14,66%, mientras que un 3,52% presentó una afectación moderada y un 1,78%, grave.

El 16,86% del malestar en el trabajo analizado se atribuye a factores externos o extralaborales, entre ellos preocupaciones familiares, económicas o sociales, mientras que solo un 1,41% se vincula de manera directa y exclusiva con causas del entorno laboral. Esto conduce a la necesidad de diseñar estrategias de prevención transversales, es decir, que vayan más allá de lo que sucede en una organización. La persona llega a la organización con una realidad personal, familiar, económica y social que puede condicionar su capacidad de respuesta ante las demandas profesionales.

Eso sí, el estudio no resta importancia a que las condiciones laborales puedan actuar como un factor protector o convertirse en un elemento que amplifique un malestar previo.

Cuando llega el desgaste psicológico de un trabajador

El estudio también rompe con una percepción habitual sobre quién está más expuesto al desgaste. La mayor proporción de afectación se concentra entre los 40 y los 49 años, con un 30,43%, seguida por el grupo de 50 a 59 años, con un 24%. Son etapas vitales en las que suelen acumularse responsabilidades profesionales, familiares y económicas, generando una combinación de demandas que puede incrementar la carga sobre las personas.

En este escenario aparece además un cambio en la naturaleza del esfuerzo laboral. “El esfuerzo principal en los puestos de trabajo actuales ya no es físico, sino cognitivo. La toma constante de decisiones y la gestión de información compleja generan una carga mental que, si es excesiva o prolongada, desencadena el desgaste”, señalan los doctores Antonio Moreno y Juan Pedro Portell, autores del informe.

La afirmación ayuda a entender por qué la salud mental se ha convertido en un asunto particularmente relevante en entornos profesionales caracterizados por la digitalización, la velocidad de los procesos y la disponibilidad constante de información. La exigencia no desaparece, pero cambia de naturaleza: la necesidad de procesar datos, responder rápidamente, tomar decisiones y adaptarse continuamente puede convertirse en una fuente de carga mental cuando los recursos disponibles no son suficientes.

Aquí resulta esencial distinguir entre salud mental y riesgo psicosocial. La primera hace referencia al estado general de la persona, mientras que los riesgos psicosociales son características objetivas relacionadas con el entorno laboral y la organización del trabajo. Sobrecarga de tareas, presión temporal, falta de apoyo o conflictos interpersonales son factores que pueden evaluarse y, en determinadas condiciones, modificarse.

La necesidad de identificar los factores de riesgo psicosocial en un puesto de trabajo

Otro dato importante que ha identificado el estudio se refiere al 12,78% de los profesionales evaluados que han reconocido estar expuestos directamente a factores de riesgo psicosocial en su puesto. La cifra muestra que existe un espacio concreto de actuación para las organizaciones: identificar las condiciones que pueden incrementar el riesgo y actuar sobre ellas antes de que el problema termine afectando al bienestar de las personas.

La relación entre ambas dimensiones puede entenderse desde el modelo biopsicosocial, que contempla la salud como el resultado dinámico de factores biológicos, psicológicos y sociales. Desde esta perspectiva, el trabajo no es necesariamente una fuente de daño. Puede aportar estabilidad, reconocimiento, relaciones sociales y sentido de pertenencia. Pero también puede convertirse en un amplificador del estrés cuando la organización presenta desequilibrios entre las demandas del puesto y los recursos disponibles.

La prevención pasa, por tanto, por intervenir sobre la organización. Adecuar las cargas de trabajo, definir claramente los roles y facilitar la participación de los profesionales en determinadas decisiones son algunas de las medidas que plantea el estudio. El objetivo no consiste en eliminar la exigencia inherente a la actividad laboral, sino en conseguir que las demandas sean compatibles con los recursos y el apoyo disponibles.

El liderazgo desempeña también un papel determinante. Promover estilos de dirección saludables y respetar los tiempos de descanso implica cuestionar culturas de disponibilidad permanente en las que la frontera entre trabajo y vida personal se diluye. En un contexto de conectividad continua, desconectar forma parte también de la prevención.

El abordaje debe ser, además, integral. Los sistemas técnicos de prevención han de tener en cuenta que determinados factores extralaborales pueden reducir la capacidad de adaptación de una persona y su capacidad de respuesta ante las exigencias profesionales. Esto no significa trasladar a la empresa la responsabilidad sobre todos los problemas personales, sino reconocer que la salud de las personas no puede dividirse artificialmente entre una esfera laboral y otra privada.