El club de la maquinita alegre

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Manuel Pimentel, ex-Ministro de Trabajo

Desengáñese, nadie podrá aclararle esas angustiosas dudas que le corroen sobre el futuro de la economía y de la influencia sobre su empresa. Sé que, al igual que yo, escucha con avidez la opinión de unos y otros en la radio; lee con detenimiento los artículos de economistas, cátedros y plumas de prestigio; asiste a cursos y conferencias a la espera del santo advenimiento de la verdad descendida. 

Pero nada, después de estar embebido en tantas y variadas opiniones sigue igual de confundido que al principio. Unos dicen que ya salimos, otros que apenas si hemos entrado; el de más allá afirma con rotundidad que continuar por la vía del austericidio de los recortes equivale a la muerte segura y el de más acá defiende los recortes porque considera insostenible el ritmo de crecimiento de la deuda causada y el déficit. Es posible que la perplejidad se apodere de usted a raíz de tamañas desavenencias esenciales. ¿Cómo tanta inteligencia no se pone de acuerdo en la naturaleza y terapia que precisa esta crisis que nos devora? Pues se lo voy a responder con palabras sencillas; no lo hacen porque no conocen la respuesta ni, mucho menos, las soluciones. A veces da la sensación de que incluso los más sesudos analizan la realidad desde el prisma de sus creencias y los anteojos de su ideología, para después, desde la plataforma de esos posicionamientos, formular sus recetas precocinadas.

 Al final, todo el guirigay se resume en dos posturas de un dilema falso, el del bando de la austeridad frente a la tropa de los estímulos. Es posible que usted ya se esté dejando arrastrar a ese torneo amañado y milite en el bando que más adeptos gana en la actualidad, en el de los que claman contra la berroqueña Merkel y su inamovible política de austeridad. Pero para el caso, da igual que esté en uno u otro, porque, en verdad, esa no es la cuestión, ya que, como dice el romance, ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedios, contigo porque me matas, sin ti porque me muero.

          ¿Qué aún le siembro más dudas? Eso es bueno, comenzaba a preocuparme que de verdad creyera usted en un discurso puro y simple. Relájese y prepárese para vivir durante varios años en un clima de incertidumbre absoluta. En verdad, nadie conoce con  exactitud ni los perímetros ni la dinámica del nubarrón que tenemos encima. Y como muestra, un botón. Los japoneses, cansados ya de décadas de triste estancamiento, han decidido hacer trabajar a destajo a su maquinita de crear dinero; su Banco Central va a duplicar, o triplicar, ni lo recuerdo ya, el dinero en circulación. Ese manantial se unirá a la fuente que no cesa de la FED, la Reserva Federal de los EEUU, ya en versión QE3, que ha inyectado trillones de dólares en la economía americana, unas cuantías colosales que apenas si han logrado resultados. Y mientras ellos inundan de liquidez sus economías y fuerzan la depreciación de sus monedas, las voces para que en Europa hagamos lo mismo se incrementan día a día. No se dice, pero, en verdad, el BCE también ha fabricado mucho dinero para saciar las necesidades ansiosas de los países rescatados, de Italia y de España. Y si nosotros también nos incorporáramos al club de la maquinita alegre, ¿qué ocurrirá? Pues en teoría se podrían financiar mayores deudas de los países miembros para así poder hacer políticas keynesianas de crecimiento, generando una inflación que nos ayudaría a digerir las deudas descomunales que cargamos. Pero también podría ocurrir que una masa tan colosal de dinero formara una avenida descontrolada que arrastrara países y haciendas. Nadie lo sabe, nunca jamás se vio masa tan mayúscula de dinero circulando.

         Y si nadie nos aclara el futuro – se pregunta angustiado -, ¿qué puede hacer ante tantas dudas e incógnitas? Pues tendrá que aprender a desenvolverse en la incertidumbre, que será nuestra más fiel compañera durante estos próximos años. Ni usted, ni yo, podemos hacer nada en el Dow Jones, ni en el SP500, ni en el Nikkei, ni en la prima de riesgo, ni en los CDCs que nos atormentan. Es bueno que las siga, porque de alguna forma condicionarán su entorno, pero no pueden ni paralizarle ni desmotivarle. Yo hace tiempo que me aplico una fórmula que me va muy bien. No sé si el año que viene será mejor o peor, lo único que yo sí sé es que cada día salgo a la calle para intentar, en la medida de mi talento y mis posibilidades, que para mí, mi familia, mi empresa y hasta donde pueda mi país, el año que viene sea mejor. Yo no mando en el Nikkei, pero sí en mi actividad, dedicación y esmero en la tarea. En este momento de incertidumbre, la única certeza posible es la de nuestro esfuerzo personal. Más allá de ese campo de seguridad todo es azaroso, movible, fluido. Deje de preocuparse tanto por la marcha general de la economía y concentre sus energías en ver cómo puede mejorar lo que hace. Estará comprando todas las papeletas para que le vaya mejor. Tenemos que reiterarlo una y otra vez, en estos tiempos lo único seguro es el paso que damos cada día, y para eso tenemos que mirarnos tanto la aptitud, como la actitud, por aquello que decía el clásico de que tu estado de ánimo es tu destino.  

         Sea usted consciente de las enormes dificultades del momento, pero apueste por sus capacidades, establezca la ruta más adecuada y redoble el esfuerzo. Escuche a todo el mundo pero no interiorice las posturas extremas. Ni a los vampiros de energía que consideran que todo está perdido y que el año que viene necesariamente será peor, ni a los del otro bando, cada día más numeroso, los negacionistas de la cosa, aquellos que se niegan a pronunciar la palabra crisis en público, como si la simple omisión del término supusiera una alquimia sanadora para la misma. Tan hondo les ha calado que la crisis es sólo una cuestión de ánimo, que no quieren ni nombrarla. Viven en una especie de estado místico de voluntarismo y fe ciega que les impide adaptarse con inteligencia a la realidad que les circunda. Participo en numerosos foros en los que el ponente de turno, se excusa “porque se me acaba de escapar la palabra crisis y me había propuesto no pronunciarla”. O sea, como el avestruz, ante el peligro, mejor esconder la cabeza bajo tierra para no verlo que enfrentarse a él.

         La crisis existe. Es feroz, cruel, despiadada y tenaz; está devastando nuestro entorno. No se puede ni se debe negar, ya que conforma el ecosistema en el tendremos que luchar para sobrevivir y crecer. Pero una vez afirmada esa necesaria obviedad, tampoco podemos paralizarnos por ella, regodearnos en el dolor, ni autojustificar nuestra pasividad. Debemos esforzarnos en encontrar el camino más adecuado de entre los posibles y ser cada día más eficaces en nuestra tarea. Si lo conseguimos, al menos tendremos la dulce certeza …. ¡de que para nosotros será mejor!! 

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