Muchos españoles – cuatro de cada 10 según la OCU – confían en suplementos para la memoria, no obstante, la ciencia siempre tiende a estar alejada de productos milagro. No hay respaldo sólido para la ingesta de pastillas “para la memoria” sin indicación médica, ni para confiar exclusivamente en juegos mentales aislados sin modificar el estilo de vida. Tampoco funcionan las soluciones rápidas sin constancia. Para cuidar al cerebro, la fórmula más recomendable por los expertos pasa por la repetición de hábitos saludables.
El cerebro responde a la coherencia y a la repetición de ciertas rutinas en el tiempo. Esta es la base con la que trabajan especialistas como la doctora Lucía Vidorreta, neuróloga del Hospital Quirónsalud San José. “La ciencia nos demuestra que el cerebro se cuida con hábitos, no con modas”, afirma con contundencia esta fuente para Directivos y Empresas.
La sucesión de pequeños hábitos repetidos puede tener un gran impacto y nunca es tarde para empezar a llevarlos a cabo. Entre esas rutinas, el descanso, ejercicio físico, las relaciones sociales o la alimentación son los focos donde hay que poner atención. Esta es la metodología para cuidar el cerebro y también para rejuvenecerlo en el caso de personas mayores. La doctora desgrana cada una de esas rutinas, dejando todos los puntos claros:
Dormir para cuidar el cerebro
Dormir no es un lujo, ni un simple descanso: es un proceso biológico clave para la salud cerebral. Durante la noche, el cerebro consolida los recuerdos adquiridos durante el día, reorganiza la información relevante y elimina desechos metabólicos acumulados en la actividad diaria. Estudios como el de Xie y colaboradores (2013) han demostrado que la falta crónica de sueño se asocia con peor rendimiento cognitivo y mayor riesgo de trastornos neurológicos. La privación continuada no solo afecta a la memoria inmediata, sino que puede influir en la salud cerebral a largo plazo.
“La calidad del sueño es tan importante como la cantidad”, subraya la neuróloga. Mantener horarios regulares, evitar pantallas antes de acostarse y procurar un entorno adecuado son medidas sencillas con un impacto profundo.

Doctora Lucía Vidorreta.
Movimiento: el gimnasio del cerebro
Si hubiera que elegir un único hábito con respaldo sólido en investigación, el ejercicio físico ocuparía los primeros puestos. La actividad regular mejora el flujo sanguíneo cerebral, estimula la neurogénesis —la formación de nuevas neuronas— y reduce el riesgo de deterioro cognitivo y demencia.
Investigaciones poblacionales como la de Erickson y su equipo (2011) evidencian que el ejercicio es uno de los factores neuroprotectores más potentes conocidos. No hace falta entrenar para una maratón: caminar a buen ritmo de forma constante ya aporta beneficios medibles. “El cerebro necesita oxígeno, necesita circulación y necesita estímulo”, señala la Dra. Vidorreta. El sedentarismo, en cambio, se asocia a peores indicadores cognitivos y mayor riesgo cardiovascular, un factor que también repercute directamente en la salud cerebral.
Aprender: la plasticidad en acción también en personas mayores
Lejos de la creencia de que el cerebro adulto es rígido e inmutable, la neurociencia confirma su capacidad de adaptación a lo largo de toda la vida. La plasticidad cerebral permite que nuevas conexiones se formen cuando aprendemos algo diferente o afrontamos retos desconocidos. Aprender un idioma, iniciarse en la música, cambiar rutas habituales o desarrollar nuevas habilidades son formas eficaces de mantener activo el cerebro. Estudios como los de Park y Reuter-Lorenz (2009) muestran que la novedad y el aprendizaje desafiante estimulan más la plasticidad que la repetición de tareas conocidas.
“No se trata de hacer siempre lo mismo, sino de exponerse a lo nuevo”, explica la especialista. Crucigramas o juegos digitales pueden ser útiles, pero su efecto es limitado si no van acompañados de un estilo de vida globalmente saludable.
Relaciones: la salud también es social
El cerebro humano es, por naturaleza, social. La interacción con otras personas activa múltiples redes neuronales, estimula la empatía, la memoria y el lenguaje, y contribuye a regular el estrés. Por el contrario, la soledad crónica se ha vinculado a mayor riesgo de deterioro cognitivo. Investigaciones como las de Holt-Lunstad y su equipo (2015) han señalado que el aislamiento social no solo afecta al bienestar emocional, sino también a la salud física y neurológica.
Mantener vínculos, participar en actividades colectivas o simplemente conversar con regularidad son acciones sencillas que, sin embargo, tienen un peso significativo en la preservación cognitiva.
Alimentación: equilibrio, no milagros
La dieta es otro pilar esencial, aunque conviene huir de simplificaciones. No existen “superalimentos” capaces de blindar la memoria por sí solos. Lo que sí respalda la evidencia es la adopción de patrones alimentarios equilibrados: abundancia de frutas y verduras, consumo regular de pescado, reducción de ultraprocesados y azúcares refinados.
Los suplementos nutricionales, advierten los especialistas, solo están indicados cuando existe un déficit demostrado. Tomarlos sin supervisión médica no garantiza beneficios y puede generar una falsa sensación de protección.









