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Es frecuente escuchar en círculos de empleados que tienen la obligación de acudir a una formación en prevención de riesgos laborales y su cara no es precisamente ilusionante. La visión que se tiene sobre este tipo de cursos es que añaden poco valor y son solo un coste más para las organizaciones. No obstante, hay muchas otras lecturas por las que merece la pena hacer pedagogía sobre este tipo de talleres.

Bajo su aparente simplicidad, una formación en prevención puede impactar muy positivamente tanto para los propios empleados como para la empresa en la que trabajan. Basta con entender el potencial que puede tener esta especialidad en las compañías en materia de mejor clima, retención de talento, reputación o la reducción de los niveles de absentismo. Sin duda, todos estos aspectos son hoy el gran objetivo de los directivos en sus tomas de decisiones. Sin embargo, es desde el liderazgo donde tiene que partir esa necesaria pedagogía sobre todo lo que puede aportar la seguridad laboral y la formación en prevención. Y esto solo nace de tener una clara mentalidad que ve en la PRL no solo una forma de cumplir con la ley, sino también una inversión estratégica con retornos medibles.

El coste real de no formar: más allá de la multa 

En sentido contrario, se pueden decir muchas otras cosas sobre la decisión de no invertir en formación preventiva de calidad, o de reducirla al mínimo exigible. Una entidad con este otro mindset seguramente no contemple todo gasto derivado de una siniestralidad evitable. En este capítulo hay que contar con costes médicos, posibles indemnizaciones, recargos por prestaciones económicas o una subida en las primas de seguros de accidentes. Por no hablar del impacto que supone una baja médica a nivel personal para un empleado. Los impactos son directos y también indirectos, ya que hay que contemplar otros parámetros como paradas de producción, mal clima laboral e incluso un daño a la reputación de la compañía.

Y por otro lado hay que contar con la regulación. La Ley 31/1995 de Prevención de Riesgos Laborales establece la obligación del empresario de garantizar la seguridad y salud de los trabajadores, y la formación suficiente y adecuada es una pieza central de esa garantía. No hacerlo puede derivar en responsabilidades administrativas (sanciones económicas que pueden alcanzar hasta los 983.000 euros en función de la infracción), penales (en los supuestos más graves) o civiles. Cumplir el mínimo legal evita sanciones, pero solo una formación sólida y continuada reduce de verdad la siniestralidad.

Puede que todo ello pueda pesar para una pyme, debido a tantas implicaciones descritas. No obstante, una empresa puede apoyarse en centros especializados que entiendan las necesidades reales del sector. Un ejemplo es Formación Prevención, plataforma de formación especializada en prevención de riesgos laborales para el sector de la construcción y del metal,  que ofrece programas adaptados a los riesgos específicos de este ámbito.

Qué retorno tangible aporta la formación preventiva 

Cuando la formación en PRL se diseña como una herramienta estratégica, no como un cumplimentado de horas, los beneficios se traducen en indicadores concretos. El más evidente es la reducción del índice de incidencia de accidentes. Menos accidentes significan menos bajas laborales, menor absentismo y, por tanto, mayor continuidad operativa. Una obra o un taller que evita paradas imprevistas es una operación más productiva y rentable.

Pero el retorno va más allá. La formación preventiva mejora el clima laboral porque los trabajadores que perciben que su empresa se preocupa por su integridad física desarrollan mayor compromiso y lealtad. Esto impacta directamente en dos variables clave para cualquier negocio: la retención del talento (reducir la rotación no planificada ahorra costes de selección y formación continua) y la reducción del absentismo voluntario o «presentismo improductivo».

Además, en sectores como la construcción, regulados por el RD 1627/1997, disponer de una plantilla bien formada y una cultura preventiva acreditada se convierte en un factor diferenciador en licitaciones y contratos con grandes clientes. Ser vista como una empresa fiable, segura y responsable mejora la reputación y abre puertas comerciales.

Integrar la prevención en la estrategia: de la obligación a la cultura

El salto cualitativo se produce cuando la formación en PRL deja de ser un evento puntual (un curso anual exprés para «estar al día») y se convierte en un proceso integrado en la operativa diaria. Esto implica formar al trabajador desde su incorporación, realizar reciclajes periódicos vinculados a los riesgos reales de su puesto, e involucrar a mandos intermedios y dirección en una misma línea de actuación.

Las empresas que construyen una verdadera cultura preventiva —aquella en la que parar una actividad ante un riesgo no se ve como una pérdida de tiempo, sino como una decisión inteligente— disfrutan de un entorno de trabajo más ordenado, menos accidentes leves que distraen recursos, y una mayor capacidad de reacción ante inspecciones o auditorías. Mientras que el cumplimiento del mínimo se limita a «no ser sancionado», la cultura preventiva busca «no tener accidentes». La diferencia entre una y otra se mide en vidas, en eficiencia y en sostenibilidad del negocio a largo plazo.

Al final, la pregunta que todo empresario, responsable de RR.HH. o autónomo debería hacerse no es «¿cuánto cuesta formar?», sino «¿cuánto me cuesta no formar?