Hoy se ha registrado un nuevo aumento en el precio de la luz. A esto acompañan alzas en el coste del petróleo y el gas. El factor determinante es un nuevo episodio de guerra, ahora en Oriente Medio, y la situación recuerda mucho a lo vivido en Ucrania hace ya cuatro años.
La geopolítica y las tensiones globales ha demostrado tener un impacto directo en los precios de las energías y, a la postre, en otros ámbitos que tienen efecto en el bolsillo de los ciudadanos. Y esta relación se da especialmente en Europa, dependiente histórico de otras regiones a la hora de abastecerse de recurso. El viejo continente necesita encontrar la fórmula, en pleno proceso hacia la descarbonización, para equilibrar tres objetivos: seguridad en el suministro, precios y sostenibilidad.
Este fue precisamente el eje central de la 22ª sesión del ciclo de conferencias de alto nivel organizado por la Fundación Naturgy y el IESE Business School, un foro que reunió a la excomisaria europea de Energía Kadri Simson y al economista Raymond Torres, director de Coyuntura Económica de Funcas y del Observatorio Funcas Europe. El coloquio, moderado por el profesor Edi Soler, abordó el estado actual de la economía global y sus implicaciones para el futuro del sistema energético europeo.
La guerra en Ucrania evidenció el problema de la dependencia energética en Europa
A la hora de contextualizar la situación, los invitados dieron unas cuantas claves sobre lo que supuso en Europa la guerra en Ucrania. La crisis energética que estalló a partir de 2022 cambió profundamente las prioridades estratégicas del continente. Según explicó Kadri Simson, antes de ese año la política energética europea se apoyaba en un modelo basado en el acceso a combustibles baratos, incluso si eso implicaba una elevada dependencia exterior. Aproximadamente el 20 % de las importaciones energéticas de Europa procedían de Rusia, una dependencia que quedó en evidencia cuando las tensiones geopolíticas afectaron al suministro de gas.
Las consecuencias económicas fueron inmediatas. Europa llegó a pagar alrededor de 640.000 millones de euros en combustibles fósiles en un solo año, una factura energética que obligó a replantear las prioridades estratégicas del continente.
“A partir de esa crisis, la política energética europea empezó a enfocarse en tres elementos clave: seguridad de suministro, precios y sostenibilidad”, señaló Simson durante su intervención.
Este nuevo enfoque responde a una idea cada vez más extendida en Bruselas: Europa no puede volver a depender estratégicamente de un único proveedor energético. La volatilidad de los mercados internacionales y las tensiones geopolíticas, como las que afectan a regiones clave para el suministro energético —entre ellas el Golfo Pérsico—, siguen siendo factores de riesgo para el continente.
Kadri Simson.
Renovables en ascenso y mercados más estables
A pesar de la incertidumbre global, la excomisaria destacó algunos avances significativos. Uno de los más relevantes se produjo en 2025, cuando las energías renovables superaron por primera vez a los combustibles fósiles en la generación energética europea, un hito considerado por muchos analistas como uno de los logros más importantes de la transición energética en el continente.
La evolución de los precios internacionales también refleja cierta estabilización respecto a los años más críticos de la crisis energética. Actualmente, el precio del barril de petróleo ronda los 56 dólares, lejos de los cerca de 100 dólares registrados en 2020. Sin embargo, Simson advirtió de que estos avances no eliminan los desafíos estructurales del sistema energético europeo. Uno de los principales es reducir la dependencia de las importaciones de gas. En este contexto, tecnologías emergentes como el biometano podrían desempeñar un papel relevante.
“El biometano es una alternativa prometedora porque puede producirse en suelo europeo y transportarse a través de las infraestructuras de gas ya existentes”, explicó. Además, su producción contribuye a reducir las emisiones y a fortalecer la autonomía energética del continente.
El desafío de la competitividad energética
Más allá de la seguridad de suministro, Europa afronta otro problema estructural: el coste de la energía para su industria. Según Simson, los precios energéticos en Europa son aproximadamente el doble que en Estados Unidos y también superan los de economías como China. Esta brecha plantea un riesgo para la competitividad industrial del continente. Para afrontarlo, la estrategia europea pasa por acelerar la transición hacia energías limpias, impulsar la electrificación de los procesos industriales y reforzar las políticas que protejan a las empresas europeas frente a prácticas comerciales desleales.
En cualquier caso, la transición energética se perfila como un proceso inevitable. Europa importa cerca del 90 % del petróleo y del gas que consume, lo que la mantiene expuesta a la volatilidad de los mercados internacionales. En los últimos años, sin embargo, se han adoptado medidas para reforzar la seguridad energética, como nuevas normas de almacenamiento de gas o acuerdos internacionales para diversificar proveedores. “El reto ahora es mantener el impulso y evitar caer en la complacencia”, advirtió la excomisaria.
La paradoja energética europea y el renacimiento de la energía nuclear
Durante el debate, Raymond Torres puso el foco en una aparente contradicción del sistema energético europeo. Aunque el continente lleva más de una década impulsando las energías renovables y la independencia energética, la economía europea sigue siendo especialmente sensible a las crisis internacionales.
El caso de España ilustra parte de esta paradoja. En términos de generación eléctrica, cerca del 59 % de la electricidad producida en el país procede ya de fuentes renovables. Sin embargo, las fluctuaciones del mercado internacional siguen teniendo un fuerte impacto en los precios energéticos. “Cualquier crisis global, independientemente de su origen, termina repercutiendo en el precio de la energía para las empresas y los ciudadanos europeos”, explicó Torres.
Raymond Torres.
En su opinión, esta situación responde a tres factores principales. El primero es un déficit estructural de inversión. Europa invierte cada año alrededor de 1,5 puntos porcentuales del PIB menos que Estados Unidos, una brecha que se arrastra desde la crisis financiera de hace más de una década.
El segundo factor tiene que ver con la competitividad energética. Aunque Europa no presenta un problema estructural de competitividad en términos de costes laborales, sí lo tiene en el ámbito de la energía. No obstante, España constituye una excepción parcial: el precio de la electricidad se sitúa aproximadamente un 20 % por debajo de la media europea.
El tercer elemento está relacionado con la regulación y la previsibilidad del mercado. En la actualidad, las variaciones del precio del gas continúan trasladándose casi de forma inmediata al precio de la electricidad, lo que genera una elevada volatilidad incluso en un sistema energético cada vez más basado en renovables.
En este escenario, diversas tecnologías podrían contribuir a resolver el llamado “trilema energético”, es decir, el equilibrio entre seguridad, sostenibilidad y precios competitivos. Torres mencionó entre ellas la energía nuclear, que en algunos países europeos sigue considerándose parte de la solución, así como el desarrollo del biometano como alternativa renovable capaz de reforzar la seguridad de suministro.
Para el economista, uno de los aspectos más importantes para impulsar estas soluciones es la estabilidad regulatoria. “Los inversores necesitan previsibilidad. Deben saber cuál será el marco energético en los próximos años para poder tomar decisiones”, subrayó.

