Santiago Niño Becerra, economista y profesor de Estructura Económica, ha publicado un hilo en X en el que condensa una tesis que lleva años madurando: la clase obrera tuvo una oportunidad histórica y la perdió. Lo hace con un lenguaje deliberadamente escueto, casi de epitafio, y con una conclusión muy contundente: “¡Adiós clase obrera!. ¡Adiós!”.
El hilo, de cinco mensajes, reconstruye una cronología del movimiento obrero en tres actos. El primero arranca antes de 1880, cuando, según el economista, la clase obrera “no tuvo ninguna oportunidad porque para el capital sus miembros eran meras piezas que contribuían a la producción y la autoridad un instrumento a su servicio”. Para ilustrar ese periodo, el economista remite a dos episodios de la historia británica: la masacre de Peterloo, en 1819, y los mártires de Tolpuddle, en 1834, dos casos de represión contra trabajadores que reclamaban derechos básicos.
El segundo acto sitúa el giro a partir de 1880. “Al aumentar la productividad, el capital empezó a necesitar consumidores y ahí la clase obrera empezó a adquirir una nueva función y un inicio de protagonismo”, escribe Niño Becerra. Esa función nueva —ser mercado, además de mano de obra— le otorgó una capacidad de negociación que antes no tenía. Pero ese protagonismo incipiente, sostiene, “echó a la basura en la I GM», cuando «obreros austríacos matasen a obreros franceses y que obreros británicos matasen a obreros alemanes”. La guerra, en su lectura, rompió la solidaridad de clase y clausuró la posibilidad de una acción conjunta a escala internacional.
El tercer acto es el del declive. “Luego ya no volvió a tener ningún protagonismo: pagó la Depresión, recuperó la economía matando y muriendo en la II GM, se le compró con el modelo de protección social, y luego y ahora la tecnología ya no la necesita”, concluye. La secuencia que describe encadena crisis, guerra, Estado del bienestar y automatización como etapas de un mismo proceso: la progresiva pérdida de centralidad de la clase trabajadora en el funcionamiento del capitalismo.
Una tesis con antecedentes sobre la clase obrera
No es la primera vez que Niño Becerra plantea una lectura pesimista sobre el futuro del trabajo. En 2025 publicó en la misma red social que la inteligencia artificial “va a provocar un desempleo masivo y un enorme aumento de los beneficios» y que «los ricos van a utilizar la inteligencia artificial para sustituir a los trabajadores”. En 2021 ya sostenía que “el pueblo” del siglo XXI, a diferencia del XIX, “no va a obtener nada porque cada vez es menos necesario para generar PIB”. El hilo de esta semana puede leerse como la síntesis histórica de ese diagnóstico: la tecnología, en su relato, no es una amenaza futura, sino la culminación de un proceso que empezó hace más de un siglo.
La tesis de Niño Becerra, sin embargo, convive con datos que la matizan. La Organización Internacional del Trabajo estimó en un estudio de 2025 que uno de cada cuatro trabajadores del mundo ocupa un empleo con algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa, pero señaló que la mayoría de esos puestos probablemente se transformará en lugar de desaparecer, dada la necesidad de intervención humana. Es decir, la tecnología no necesariamente prescinde de las personas: las reubica, las reclasifica y, en muchos casos, las somete a nuevas formas de control y precariedad.

