En uno de sus últimos análisis, el economista Juan Ramón Rallo ha hablado sobre la complacencia de los gobiernos ante el deterioro de las cuentas públicas. Su advertencia se produce ante un cambio de todo que ha adoptado el Fondo Monterio Internacional. Hasta ahora, este organismo les pedía a los estados que fueran reduciendo progresivamente sus déficits públicos, “pero ahora ya les está reclamando que se pongan de inmediato las pilas y que no esperen ni un minuto más”, señala Rallo.
Este cambio de tono responde a una realidad que, según el economista, los gobiernos se niegan a mirar de frente: el entorno macroeconómico ha cambiado, y con él la relación de fuerzas entre el coste de la deuda y el crecimiento de la economía.
Rallo articula su análisis en torno a dos letras. R es el tipo de interés medio que paga un Estado por su deuda. G es el crecimiento nominal de su economía. “Si G es mayor que R, estamos en una situación robusta para las finanzas públicas y, en cambio, si R es mayor que G, estamos ante una situación precaria”, explica.
Durante años, G superó ampliamente a R. Japón es el ejemplo extremo: entre 2020 y 2025, su deuda cayó del 258 % al 228 % del PIB a pesar de tener déficit primario, simplemente porque la inflación disparó su crecimiento nominal muy por encima del coste de una deuda emitida décadas atrás a tipos casi nulos.
Pero ese mundo se agota. “El tipo de interés a largo plazo de la deuda pública estadounidense está en su nivel más alto desde 2007 y el de Japón está en su nivel más alto desde el año 1996”, advierte. Con R acercándose a G, la aritmética se invierte: los intereses generan deuda, esa deuda genera más intereses y la ratio de deuda sobre PIB crece sin que nadie haya gastado un euro de más. “Eso es la bola de nieve del interés compuesto en contra de la estabilidad financiera del Estado. Los intereses generan deuda, esa deuda genera más intereses y la bola rueda cada vez más abajo y cada vez más grande”.
El problema del déficit público partiendo del una deuda del 100%
Partiendo de una cifra redonda como una deuda del 100 % del PIB —cifra que, recuerda Rallo, “es más o menos lo que tiene España”—, cada punto en que el tipo de interés supera el crecimiento nominal exige un superávit primario de un punto del PIB anual solo para estabilizar la deuda. No para reducirla. Para que no siga creciendo.
El economista aplica la lógica al caso estadounidense con una simulación que no deja margen a la ambigüedad. Con un tipo de interés medio del 5 %, una deuda del 125 % del PIB, un déficit primario del 5 % y un crecimiento nominal del 4,75 % —el ritmo de las últimas tres décadas—, “la deuda pública superaría el 150 % del PIB en 2031, el 200 % del PIB en 2040 y el 300 % del PIB en 2058”. Para estabilizarla, añade, haría falta “un superávit primario del 0,3 % del PIB. No un 5 % de déficit primario, sino un superávit del 0,3 % del PIB”.
Y estas cifras, advierte, son “dinámicamente autoempeorables”: si la deuda llega al 200 % del PIB, el tipo de interés puede dispararse y el ajuste necesario será aún mayor. “¿Entendéis por qué en este contexto de tipos de interés altos es crucial que los estados no aumenten su ritmo de endeudamiento, sino que más bien lo reduzcan?”, pregunta. “Porque si no, estaremos abocados a un escenario de insostenibilidad a largo plazo de las finanzas públicas”.
Las cuatro salidas que plantea Juan Ramón Rallo y el precio a pagar
Si se entra en esa trayectoria, las salidas son pocas y ninguna indolora. La primera, “la más sana”, es generar superávits primarios: ingresar más de lo que se gasta, subiendo impuestos o, idealmente, recortando gasto. La segunda es potenciar el crecimiento nominal, pero no el real —el que eleva la calidad de vida y que los Estados no controlan salvo para hundirlo con regulaciones e impuestos—, sino la inflación. “La inflación es una forma de robar a todos aquellos ciudadanos que mantengan sus ahorros en liquidez o en títulos de renta fija”, sentencia Rallo. “Es una especie de impuesto extraordinario” para amortizar la deuda.
La tercera es la represión financiera: forzar a los bancos centrales a rebajar los tipos artificialmente. El problema, señala, es que en un contexto de elevada demanda de financiación privada —con la inteligencia artificial compitiendo por el mismo ahorro que ansían los Estados—, bajar los tipos solo genera más inflación. La cuarta es la reestructuración: abrir un procedimiento formal de bancarrota y repudiar parte de la deuda.
“Cualquiera de estas soluciones implica dolor y de eso es de lo que hablaba el Fondo Monetario Internacional”, concluye Rallo. “Cuanto más tarden los Estados en ajustar sus saldos presupuestarios, más doloroso será el ajuste futuro, ya sea con recortes, ya sea con inflación, ya sea con represión financiera, que es inflación, o ya sea con reestructuración de la deuda pública”. Pero los gobernantes, añade, “no se están dando por aludidos. Al contrario, en lugar de frenar ese ritmo peligroso de endeudamiento público, lo que hemos visto que están haciendo es acelerar”

