El estado de la economía actual difiere enormemente al de épocas anteriores. El modelo de las últimas décadas se ha basado en el crecimiento del comercio internacional, mayor globalización, cadenas de suministro cada vez más integradas y una creciente interdependencia entre países. Sin embargo, todo ello ha cambiado enormemente y las reglas de juego ahora son otras.
Ese análisis de cambio es el que ha tratado de plasmar José Carlos Díez en su último libro El fin del mundo tal y como lo conocíamos (Deusto). El economista recorre la evolución de la economía global para intentar explicar qué está ocurriendo y, sobre todo, qué puede venir después.
Las claves del estado de la economía actual
Para Díez, ciudadanos, empresas e inversores tienen que aprender a gestionar riesgos en un contexto en el que las decisiones políticas y económicas de las grandes potencias tienen consecuencias cada vez más amplias. En su observación y análisis sobre las tendencias presentes de la economía, el experto ofrece su mirada sobre fenómenos concretos que afectan al día a día de las personas como el empleo, los salarios, la vivienda, las pensiones, la inversión o la capacidad de las empresas para adaptarse a la tecnología.
Uno de los principales focos del libro es Estados Unidos y el cambio que representa la política económica de Donald Trump. Díez interpreta el regreso del proteccionismo y el uso de los aranceles como algo más que una disputa comercial. A su juicio, suponen un cambio de paradigma en las relaciones económicas internacionales y obligan a reconsiderar algunas de las certezas que habían acompañado a la globalización.
El dólar y la deuda estadounidense ocupan también un lugar destacado en este análisis. El autor cuestiona algunas de las propuestas destinadas a debilitar la moneda estadounidense y advierte del riesgo de que determinadas decisiones sobre política monetaria, tipos de interés y reservas internacionales puedan generar tensiones financieras de alcance global.
Estados Unidos – China: un foco para entender el estado de la economía actual y del futuro
La otra gran potencia del nuevo tablero es China. Díez reconoce el éxito del proceso de transformación económica iniciado por el gigante asiático desde su transición hacia una economía de mercado, así como su capacidad industrial y tecnológica. Sin embargo, también identifica señales de agotamiento en un modelo caracterizado por un elevado nivel de inversión, una fuerte intervención estatal y desequilibrios asociados al sector inmobiliario y a la deuda.
La pugna entre Washington y Pekín deja a Europa en una posición especialmente delicada. El continente dispone de un enorme mercado interior, universidades, capacidad investigadora y capital humano, pero su peso individual frente a las dos grandes potencias resulta limitado. De ahí que Díez defienda una mayor integración europea y, especialmente, una estrategia capaz de evitar que las compañías tecnológicas con mayor potencial tengan que trasladarse fuera de Europa para encontrar financiación y desarrollar sus proyectos.
La competitividad se convierte así en uno de los grandes conceptos del libro. Europa, sostiene el economista, no puede limitarse a generar discursos o estrategias: necesita ejecutar. La industria, la tecnología, la energía y la capacidad para atraer inversión serán determinantes para preservar el modelo económico y el Estado del bienestar.
En este escenario, la inteligencia artificial aparece como otra de las fuerzas capaces de transformar radicalmente la economía. Díez plantea que la cuestión no es si la IA llegará a las empresas, sino quién será capaz de incorporarla con mayor rapidez y eficacia. Su tesis es que la tecnología sustituirá tareas, pero no necesariamente puestos de trabajo completos, y que aquellas organizaciones capaces de utilizarla para elevar la productividad tendrán una ventaja decisiva.
La energía constituye el tercer gran vector de transformación. El avance de las renovables, el desarrollo de las baterías y las nuevas tecnologías de almacenamiento están modificando la estructura del sistema energético. Para España, este proceso puede convertirse incluso en una ventaja competitiva gracias a sus recursos solares y eólicos y a unos costes energéticos potencialmente inferiores a los de otros países europeos.
El análisis sobre la economía española
Precisamente España ocupa un capítulo central en el libro. Díez identifica varios problemas estructurales que limitan el crecimiento: la burocracia, la escasez de vivienda, el reducido tamaño medio de las empresas, el envejecimiento de la población, la sostenibilidad del sistema de pensiones y la baja productividad. Pero su diagnóstico no es únicamente pesimista. También identifica oportunidades que podrían permitir al país ganar peso industrial y económico en el nuevo escenario.
La vivienda aparece como uno de los principales cuellos de botella. El economista relaciona la escasez de oferta con la dificultad para desarrollar suelo y construir nuevas viviendas, y reclama tanto un mayor impulso de la promoción privada como un aumento de la vivienda protegida y del mercado de alquiler asequible.
La modernización de la Administración constituye otra de sus propuestas. La próxima jubilación de una parte importante de los empleados públicos, unida al avance de la inteligencia artificial, podría utilizarse para automatizar procedimientos rutinarios y concentrar recursos en servicios de mayor valor añadido. Reducir la burocracia, especialmente en el desarrollo de suelo industrial y residencial, sería para Díez una de las vías para desbloquear parte del potencial económico español.
El tamaño empresarial también importa. Según el economista, las compañías españolas de más de 50 trabajadores presentan niveles de productividad y eficiencia comparables a los de sus homólogas europeas, mientras que las empresas de menor tamaño registran mayores problemas de productividad. Favorecer el crecimiento empresarial y proteger a los emprendedores innovadores se convierte, por tanto, en una pieza esencial de su propuesta.
El libro aborda además el futuro de las pensiones y las dificultades derivadas del envejecimiento demográfico. Díez considera que el sistema necesita reformas graduales que tengan en cuenta la evolución de la esperanza de vida y el desequilibrio entre cotizaciones y gasto.
Con todo, el mensaje final de El fin del mundo tal y como lo conocíamos no pretende ser una invitación al pesimismo. Al contrario, el autor considera que España cuenta con activos importantes para afrontar la transformación: energía renovable competitiva, costes salariales inferiores a los de algunas grandes economías europeas y capacidad empresarial e industrial.

