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El gobierno como laboratorio

mayo 24
23:17 2015
Esteve Almirall Profesor del Departamento de Dirección de Marketing de ESADE Business and Law School

Esteve Almirall
Profesor del Departamento de Dirección de Marketing de ESADE Business and Law School

La necesidad de ser más competitivos se ha convertido en un tema omnipresente: en el discurso político, en los medios, en las empresas, e incluso en la vida personal y profesional. Se diría que un país con un 26% de paro, donde en cada informe de Pisa, o en cualquier otro ranking, nuestra educación –también la universitaria- presenta un mal posicionamiento, es un país con un problema de competitividad importante.

Ante un problema tan evidente como acuciante, los diferentes gobiernos se apresurarían a proponer un buen número de medidas para mejorar esta situación. En nuestro caso, es innegable la voluntad de cambio no sólo en las políticas existentes, sino también en el esfuerzo por el diagnóstico y la interpretación de los problemas y de las soluciones.

Hace unos días Pablo Iglesias, al ser entrevistado por Risto Mejide, comentaba su propuesta de instaurar en España una renta básica. Ésta no es una propuesta, ni una medida de política económica, nueva. Sin embargo, la interpretación de sus consecuencias sí era novedosa. Cuando Risto comentaba no sólo la escasa viabilidad de instaurar una renta básica en tiempos de crisis sino el hecho de que nos llevaría a crear una clase ociosa subvencionada, Pablo Iglesias argumentaba en términos de competitividad personal. Si los trabajadores dispusieran de una renta mínima no estarían forzados a aceptar cualquier propuesta, decía, y las empresas deberán repensar y reinventar sus modelos de negocio para competir en algo más que en precio.

Detrás de esta sencilla propuesta vemos dos interpretaciones de sus efectos. ¿Sabemos cuál de ellas es verdad? ¿Se convertirían los españoles en ociosos viviendo de rentas públicas y con ello disminuiría su espíritu emprendedor? O, por el contrario, ¿teniendo asegurada una renta mínima viviríamos un Silicon Valley plagado de startups tecnológicas y los trabajadores tendrían la capacidad de aceptar sólo aquello que les proporcionase una compensación mínimamente justa?

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Probablemente, estas dos visiones y algunas otras, son verdad de manera simultánea. Sin duda, habría de lo uno y de lo otro. ¿En qué proporción? Bien, aquí, honradamente hemos de decir que desconocemos la respuesta acertada.

¿Cómo resolvemos pues esta incertidumbre? La respuesta habitual es acudir a dogmatismos políticos, a partir de los cuales se decide sobre el efecto de una medida u otra, se implementa y tan sólo economistas e historiadores, pasado un tiempo, habitualmente dilatado, reflexionan sobre sus efectos. Esto lo hacemos de manera constante en un mundo donde las empresas, especialmente las pequeñas, experimentan, corroboran, tratan de tomar decisiones basadas en datos y sobre todo, rectifican.

¿No es hora de que hagamos lo mismo con las medidas políticas? Testando, en un entorno y tiempo limitados la eficacia de las mismas, desechando aquellas que no cumplan con los objetivos e implantando las que sí funcionan. Igual nos llevaríamos una sorpresa. Tal vez en ideas que, en un principio, parecen de derechas observaríamos importantes efectos sociales. Por otro lado, con la aplicación de otras ideas, destinadas a crear una mayor igualdad, observaríamos empobrecimiento y desigualdad y viceversa. Con otras, destinadas a fomentar el progreso, veríamos que sólo se enriquecerían unos pocos, etc.

Lo interesante es empezar a pensar en cómo crear políticas que introduzcan y produzcan cambios. Cambios que nos hagan más competitivos a todos los niveles. Para ello, debemos reconocer primero la necesidad de hacerlo y segundo la evidencia de que los instrumentos de política económica y fiscal ni pueden, ni van a hacer nuestro trabajo. Los instrumentos de política económica y fiscal pueden llegar lejos, pero no son infinitos.

Ésta es una realidad cada vez más evidente, especialmente cuando los tipos de interés están cercanos a cero. Todos somos conscientes de que bajarlos más ni va a suponer un incentivo para prácticamente nadie, ni se va a trasladar a donde realmente es necesario: a los ciudadanos y las empresas, de una manera significativa que les permita cambiar decisiones como contratar gente o aventurarse a nuevos mercados. No se trata, pues, de ajustar un sistema que funciona sino de realizar los cambios estructurales en uno que, probablemente, sólo parecía que funcionaba en una situación de abundancia de capital como consecuencia de una o diversas burbujas.

Más que de competitividad existen problemas de mentalidad, culturales, en la manera de competir, en la de la estructura del mercado de trabajo, de la distribución de incentivos o de recompensa y voluntad de asumir riesgos. Son áreas en las que nuestros valores, conceptos, hábitos, rutinas y estructuras juegan un papel de primer orden y donde la política económica tiene poca o ninguna incidencia. No podemos construir empresas innovadoras sin una cultura de innovación y colaboradores innovadores y eso no lo vamos a conseguir bajando los tipos de interés.

Una dificultad adicional es que, cuando abordamos medidas que intentan ayudar a cambiar aspectos culturales, reglas sociales, formas de competir… la manera tradicional de hacer políticas, de crear esas medidas, no funciona. No funciona porque es difícil imaginar ex-ante su nivel de efectividad, tanto en los efectos reales, como en el nivel de los mismos.

Así pues, si el entorno es más complejo y la incertidumbre es mayor, nos encontramos con un escenario parecido al que se encuentran muchas startups. La única manera de hallar soluciones válidas es probarlas, equivocarse con la mayor rapidez posible y aprender para crear nuevas propuestas que incorporen lo aprendido. Por ejemplo, muchas veces más que recortes, son necesarias reorganizaciones con un uso más intensivo de la tecnología que las adapte al siglo XXI. Recortar no es cambiar y ser los mismos. Ser más pequeños no nos hace ni mejores ni más competitivos.

El escaso margen de maniobra de las medidas que se pueden adoptar es una dificultad importante, pero la voluntad y la aceptación de nuestros políticos de la necesidad de poner en cuestión muchos elementos de la organización de lo público porque ya sirven poco a nuestros propósitos, lastra enormemente nuestra capacidad de reacción. No nos acercamos a los temas con una hoja en blanco y con la voluntad de rediseñarlos, sino que pretendemos hacerlos funcionar igual que el colmado de la esquina. No puede ser rentable recortar y seguir haciendo lo mismo que hasta ahora. Tampoco lo pueden ser nuestras instituciones públicas. Debemos atrevemos a cambiar todo lo que haya que cambiar.

El cambio que necesitamos no puede ser compartimentado y ello lo hace más complejo. No podemos tener un sector público poco competitivo y esperar que nuestras empresas vivan en una burbuja y lo sean. Hay casos, excepcionales como Inditex o Mango que crean la marca España. Pero si queremos pasar de la excepción a la norma, hay que darse cuenta de que un sector público y unas instituciones poco competitivas, duplicadas, con casos de corrupción a diario y en un estado predigital no son la palanca que necesitamos para impulsar y convertirnos en motor del cambio cultural.

Tener un sector público grande no es ni bueno ni malo. El problema no es la titularidad, el problema es si compiten y cómo lo hacen. Por poner un ejemplo, Berkeley Universidad de California es pública y está entre las mejores universidades del mundo. Un sector público grande como el español puede ser un instrumento muy válido si se utiliza como palanca. Sin embargo, puede ser terrible si no hace otra cosa que lastrarnos.

En este tipo de políticas hay más imaginación que certeza y debemos estar dispuestos a experimentar, probar, coger lo que funcione y desechar lo que no; hacerlo con rapidez huyendo de dogmatismos. Probar, experimentar, analizar y desechar lo que no funciona con rapidez acostumbra a ser una buena manera de hallar soluciones. Así funcionan las empresas, ¿por qué no también los gobiernos?

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