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Esade estima un crecimiento del PIB del 2,3% en 2026

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Tras confirmarse que la economía española superó las expectativas de los analistas en 2025 a través de la herramienta Diana Esade, la escuela de negocios ha hecho público un nuevo informe de situación sobre las cuentas macroeconómicas, subrayando el paso firme con el que avanza España en el escenario económico europeo.

El documento, dirigido por Omar Rachedi y con el apoyo de Banco Sabadell, prevé un crecimiento anual del PIB del 2,3%. Persiste un crecimiento vigoroso de la economía, pero el reto este año consistirá en elevar la calidad de dicho crecimiento. Aunque España sea uno de los países más dinámicos de la zona euro, hay debilidades estructurales a las que hay que hacer frente, señala el informe de Esade.

Factores que explican el crecimiento del PIB en 2026

Así que hay pros y contras en el escenario actual. Empezando por los primeros, el crecimiento del PIB que ha estimado Esade se apoyaría en una demanda interna más equilibrada, la creación sostenida de empleo y el dinamismo del consumo privado. Estos tres pilares explican buena parte de la ventaja de España frente a sus socios europeos.

Este diferencial también se apoya en factores estructurales. España presenta una menor dependencia de la industria pesada y un tejido productivo más resiliente, capaz de adaptarse con mayor flexibilidad a los cambios del entorno. A ello se suman transformaciones que marcan un cambio de ciclo respecto a etapas anteriores, como el superávit por cuenta corriente, el desapalancamiento del sector privado o el crecimiento de las exportaciones de servicios no turísticos, especialmente en sectores como la tecnología, la consultoría o los servicios profesionales.

Las debilidades…

Y ahora los contras. El informe advierte de que este crecimiento, aunque sólido, sigue siendo en gran medida extensivo. Es decir, se basa más en el aumento del empleo que en mejoras de productividad. Según el análisis de Josep M. Comajuncosa y Manuel Hidalgo, cerca de dos tercios del crecimiento registrado entre 2021 y 2024 se explican por el incremento de la ocupación, lo que plantea dudas sobre su sostenibilidad a medio y largo plazo.

A esta debilidad estructural se suman diversos cuellos de botella internos. Entre ellos destacan las dificultades de acceso a la vivienda, el elevado precio de la energía y las limitaciones derivadas de la política fiscal. Factores que, en conjunto, pueden frenar el potencial de crecimiento si no se abordan con reformas específicas.

Para revertir esta situación, los expertos de Esade plantean una hoja de ruta clara: reorientar el modelo productivo hacia la productividad. Esto implica eliminar trabas administrativas y regulatorias, facilitar el crecimiento en tamaño de las empresas y apostar decididamente por la inversión en activos intangibles, como la investigación y desarrollo, el software o la formación del capital humano.

En este proceso de transformación, la inteligencia artificial emerge como un vector clave. Su capacidad para mejorar la eficiencia y optimizar procesos puede contribuir a cerrar la brecha de productividad, siempre que su adopción vaya acompañada de una adecuada capacitación de los trabajadores.

La economía global y la mirada clave a la geopolítica

El informe también amplía el foco al contexto internacional, donde la economía global ha demostrado una notable resiliencia. En 2025, el crecimiento alcanzó el 3,3%, pese a las tensiones derivadas de la guerra comercial impulsada durante la segunda Administración de Donald Trump. Este desempeño fue posible gracias a la suspensión parcial de aranceles, la reconfiguración de las rutas comerciales y el dinamismo del sector tecnológico, especialmente el vinculado a la inteligencia artificial.

De cara a 2026, las previsiones iniciales apuntaban a un escenario de estabilidad, apoyado en una inflación a la baja y en políticas monetarias más expansivas por parte de los grandes bancos centrales. Sin embargo, este equilibrio se ha visto alterado por el repunte de la incertidumbre geopolítica.

Los conflictos en Oriente Medio y la guerra en Ucrania han elevado significativamente los riesgos globales. Según el informe, estas tensiones pueden provocar perturbaciones en la oferta, encareciendo materias primas, alterando las rutas comerciales y generando disrupciones en las cadenas de suministro. De intensificarse, sus efectos se trasladarían rápidamente a la economía global a través del aumento del precio de la energía y de los costes de transporte.

A este escenario se suman fragilidades en el sistema financiero y el elevado endeudamiento público de muchas economías, que podrían generar tensiones de financiación y una mayor volatilidad en los mercados.

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