En 2025 se registraron más de 122.000 incidentes de ciberseguridad en España, según los datos publicados por el Instituto Nacional de Ciberseguridad. Este volumen de incidentes dirigidos tanto a empresas como a ciudadanos han convertido a los ataques digitales en todo un fenómeno cotidiano. A la vista de estas cifras, es hora de poner a la ciberseguridad como uno de los ejes de cualquier plan estratégico.
Esto implica a todo tipo de compañías, pero este mensaje especialmente dirigido a las pymes, ya que el 59% de ellas ha sufrido al menos un ciberataque en los últimos 12 meses, según el Informe de Ciberpreparación 2025 elaborado por Hiscox España.
El nuevo planteamiento que realizan los expertos va mucho más allá de lo tradicional, ya que ahora no se trata únicamente de proteger sistemas informáticos, sino de salvaguardar activos mucho más amplios, desde la continuidad operativa hasta la credibilidad institucional. Esta es la esencia de lo que los especialistas conocen como resiliencia digital.
Las claves que explican la resiliencia digital en una compañía
La experiencia acumulada por empresas especializadas en ciberseguridad, como TRC, señala que la diferencia entre una organización que simplemente se recupera de un ataque y otra con resiliencia digital que sale reforzada de un ciberataque radica en la forma en que integra la seguridad en su estrategia global. Se trata de un sistema que debe mantenerse vivo, revisarse periódicamente y someterse a pruebas constantes. Según estos especialistas, existen tres factores que resultan decisivos:
Gobernanza y liderazgo desde la dirección
El primero tiene que ver con la gobernanza. Cuando la ciberseguridad se aborda como un asunto exclusivamente técnico, su alcance suele ser limitado. En cambio, cuando se reconoce su impacto en la reputación y la continuidad del negocio, pasa a formar parte de las discusiones del comité de dirección.
Este cambio implica asignar responsabilidades claras a los niveles ejecutivos y garantizar que la seguridad digital se integre en la toma de decisiones estratégicas.
Arquitecturas tecnológicas diseñadas para resistir
La segunda palanca es la arquitectura tecnológica. No basta con incorporar nuevas herramientas de seguridad; resulta fundamental analizar cómo están diseñados los sistemas y cómo responden ante fallos o ataques. Las organizaciones más resilientes son aquellas que revisan periódicamente sus infraestructuras digitales, identifican puntos vulnerables y establecen mecanismos de redundancia y recuperación que permitan mantener los servicios en funcionamiento incluso en situaciones adversas.
Personas preparadas y protocolos ensayados
El tercer elemento clave son las personas. La formación continua de los equipos y la realización de simulacros permiten mejorar la capacidad de respuesta ante incidentes reales. En muchos casos, el factor decisivo no es la existencia de un protocolo, sino la rapidez con la que se activa y la coordinación entre los distintos departamentos implicados. La velocidad de reacción puede marcar la diferencia entre un incidente controlado y una crisis reputacional de gran alcance.
El daño reputacional: la otra cara de los ciberataques
Al margen del coste económico que suponga un ciberataque, la resiliencia digital permite afrontar otro alto impacto que aparece después de un suceso como es el daño reputacional. La dimensión reputacional de estos incidentes puede resultar especialmente compleja. Una vez que se hace público un ataque, la percepción de vulnerabilidad puede instalarse rápidamente entre clientes, socios o inversores. Recuperar la confianza perdida suele requerir mucho más tiempo que restaurar un sistema informático o reconstruir una base de datos.
Además, la exposición mediática puede prolongarse si el incidente tiene implicaciones regulatorias, especialmente en materia de protección de datos. Las investigaciones administrativas, las posibles sanciones y la atención informativa pueden consolidar una narrativa negativa en torno a la organización afectada.
Este fenómeno adquiere una dimensión aún mayor cuando se trata de infraestructuras críticas o servicios esenciales. En esos casos, el impacto no se limita a los usuarios directos, sino que afecta a la percepción pública de seguridad y a la confianza en las instituciones responsables de garantizar el funcionamiento de sistemas estratégicos.
Un ejemplo reciente ilustra esta realidad. A finales de enero, la interrupción del servicio ferroviario de Rodalies fue atribuida a un fallo de software en el centro de control del gestor ferroviario Adif. El incidente puso de manifiesto la importancia de revisar, probar y proteger los sistemas tecnológicos que sostienen servicios esenciales para millones de personas.

