José Elías ha decidido fiar las principales tareas de gestión a la inteligencia artificial. Es la decisión de alguien que cada día tiene que dirigir 200 empresas y que, como puede ser lógico, la pérdida de la noción del tiempo puede ser un problema. «Si el viernes me preguntas por un correo que leí el lunes, seguramente no me acuerde», confiesa en uno de sus últimos post en X. Así que, para evitar este caos, el empresario ha decidido “externalizar” su cerebro a una inteligencia artificial. «Es una megaasistenta con megamemoria».
La IA para José Elías se ha convertido en su segundo cerebro
Tal es la vinculación que tiene Elías con la IA que la describe como una prolongación de su propio cerebro, pero con una ventaja decisiva: una visión global de todo su entorno.
La asistente tiene acceso a su correo electrónico, a su calendario y a sus redes sociales. Cada día vigila lo que entra y, sobre todo, se acuerda de todo lo que ha visto. «Ella sí se acuerda. Es como tener una prolongación de mi propio cerebro, pero con una visión global de todo mi entorno. Se acuerda de todo y escupe la información cuando la necesito», afirma.
Al igual que sucede con procesos industriales o con otro tipo de tareas, la inteligencia artificial también acompaña a la gestión personal de los directivos en sus compañías. De hecho, el abanico de funciones que ha automatizado José Elías resulta revelador de hasta qué punto la inteligencia artificial puede infiltrarse en las rutinas de un directivo. Filtra sus mensajes de LinkedIn para distinguir «cuáles tienen chicha y cuáles son limoná». Le manda cada mañana un resumen con las noticias de prensa que se publican sobre él o sobre sus empresas. Guarda sus recetas médicas y le avisa del día exacto en que se le va a acabar la medicina. Revisa su correo y le propone respuestas siguiendo una tabla de preferencias que él mismo ha definido. Y si alguien le escribe sobre temas que previamente ha descartado, la asistente ya sabe que no debe responder.
«Yo solo entro, reviso las propuestas y apruebo», aclara. La descripción de su rutina actual contrasta con la que tenía hasta hace poco: «Hasta ahora me encargaba de todo esto yo. Pero iba de una cosa a otra y olvidaba buena parte de lo que había leído». Esa es, quizá, la clave del asunto. No se trata solo de ganar tiempo, sino de recuperar la capacidad de atención. «Ahora puedo preguntarle qué ha pasado, qué merece mi atención y qué puedo dejar pasar. Y ella se acuerda hasta de lo que yo ya he olvidado», explica.
El caso de Navarro no es único, pero sí paradigmático. Ilustra una tendencia que empieza a asomar en el discurso de los expertos en productividad y en el de los propios desarrolladores de inteligencia artificial: la idea de que el cerebro humano no está diseñado para gestionar el volumen de información que la era digital le exige procesar. Filtramos correos, leemos mensajes, revisamos calendarios, escuchamos noticias, respondemos en redes sociales. Y en ese torbellino, la memoria se resiente. La propuesta de Navarro es radical, pero lógica: si no podemos recordarlo todo, deleguemos el recuerdo en quien sí puede.
La pregunta que surge de inmediato es hasta qué punto es prudente entregar a un algoritmo el acceso a la propia vida digital. José Elías lo ha hecho con un asistente diseñado a medida, con reglas claras y con una supervisión constante: él revisa y aprueba. No es una cesión ciega, sino una delegación supervisada. Pero el modelo plantea interrogantes sobre la privacidad, la dependencia tecnológica y la propia naturaleza de la memoria. ¿Qué ocurre cuando la máquina que recuerda por nosotros falla? ¿Y cuando olvida? ¿Y cuando decide, por sí misma, qué merece ser recordado y qué no?

